martes, 19 de marzo de 2013

El último curso




Algunos chicos y chicas pueden llegar a sentir que la causa del acoso que padecen está en sus gafas, en su timidez o en unos kilos de más o unos kilos de menos. Sin embargo, la culpa de cualquier violencia corresponde al que la ejerce. Los efectos del maltrato físico o verbal producirán en el acosado miedo, ansiedad, retraimiento, depresión,  falta de concentración, sentimiento de frustración, fracaso escolar, baja autoestima, constante sentimiento de amenaza, etc.
Esto tan solo es un abrir de boca de la narración de Luis Matilla que escribe en El último curso acerca de la consecuencia del maltrato.
Historia de ficción que tiene como fundamento fragmentos de la realidad. Es así que, según varias encuestas, el  acoso está llegando a afectar a entre un 7% y un 10% de la población escolar. Preocupación a la que se le puede añadir que 75 de cada 100 alumnos han sido testigos de algún acto de violencia, en su mayoría de tipo emocional.  Testigos que, en la mayoría de los casos, decidieron mirar hacia otro lado antes que socorrer a los que estaban siendo víctimas de aberraciones.
Como Luis Matilla escribe en este libro: la cobardía no parte de los que no pueden defenderse, sino de aquellos que pudiendo hacerlo por otros permanecen impasibles, convirtiéndose en colaboradores por omisión de los agresores.
Ante un problema, la primera premisa es reconocer que existe. Por mi parte, la recomendación de este libro nace en la necesidad de que reconozcamos nosotros (vÍctimas, verdugos y testigos) que existe un problema: las acciones violentas son tan habituales en nuestra sociedad que poco a poco nos vamos insensibilizando ante ellas y ante sus desastrosas consecuencias.
La víctima desearía que las agresiones hubieran sido un sueño, no una realidad que salpica a todos, que paraliza y produce una profunda perplejidad.  Les daría satisfacción si fuera posible reconstruir los malos sueños, los sentimientos aquellos que no desearían nunca volver a revivir. Pero esto no es posible: lo cargarán a sus espaldas para siempre.
Sería lo correcto que comencemos a reflexionar toda la sociedad sobre  la posibilidad de que un día suceda algo importante de dureza, de repente, y entonces nos daremos cuenta de que no fue tan de repente sino un proceso continuado del que nadie se dio cuenta.
Comencemos alumnos por precisar a nuestros padres, padres que nos ayuden a crecer, que nos orienten, que nos fijen límites a tantas ofertas, a tanta confortabilidad, a una vida de la que hemos borrado la palabra esfuerzo.
Una pregunta relacionada con esta nuestra  sociedad: ¿Qué se puede hacer cuando el placer de una persona consiste en destrozar a otra, en romperla, en machacar todas sus ilusiones?
Pensemos qué está sucediendo con la ayuda de El último curso, intrigante historia de trágico final.

Inmaculada Carreras (2º Bach F. 2013)

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